Trump Princess, el superyate de Donald Trump

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Este superyate de 85 metros de eslora fue creado hace 36 años por el astillero italiano Benetti como uno de los más grandes y lujosos del mundo. Hoy el Kingdom 5KR ha perdido parte de su esplendor y muchas posiciones en el ránking de las grandes esloras, pero su biografía es una de las más espectaculares.

Fue otro multimillonario polémico, Adnan Kashogi, quien en 1979 ordenó construir el majestuoso yate al que puso el nombre de su hija Nabila, eso sí, con letras de oro en el casco. Además de cinco cubiertas, la embarcación contaba con helipuerto, sala de cine y discoteca. Dicen que hacía falta una tripulación de 50 personas para satisfacer todas las necesidades de los pasajeros.

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Dicha adquisición se produjo en el punto álgido de sus negocios, cuando Kashogi era uno de los principales vendedores de armas, gracias al apoyo de Estados Unidos, y acababa de desembarcar en Marbella. El Nabila, el barco más espectacular de Puerto Banús por aquel entonces, fue escenario de algunas de las opulentas fiestas que organizaba su dueño a mediados de la década de los 80. En aquella época incluso apareció en la película de la saga del agente 007 ‘Nunca digas nunca jamás’ (1983).

Pero Kashogi no pudo disfrutar por mucho más tiempo de su joya flotante, ya que en 1986 se vio involucrado en el escándalo Irangate como el hombre clave en el tráfico de armas entre Irán y EEUU. Fue el comienzo de su declive y de sus problemas con la justicia. De hecho, el magnate se vio obligado a desprenderse de algunos de sus bienes, incluido en Nabila, que acabó en manos de otro hombre poderoso: el sultán de Brunei.

El superyate no estuvo mucho tiempo en el sudeste de Asia, ya que en 1988 Donald Trump apareció en escena. El estadounidense se encaprichó de él y logró comprarlo por 29 millones de dólares, esto es, un tercio de lo que había desembolsado Kashogi. Una buena operación para Trump, que rebautizó el barco como Trump Princess y puso encima de la mesa otros cuantos millones de euros más para llevar a cabo reparaciones y mejoras a bordo.

‘Besó los labios de mi mujer demasiado tiempo’

Hasta la fecha, ninguna de las polémicas que están surgiendo respecto al lado más grosero y machista de Trump están ubicadas en su superyate. Y eso que Ed Lewi, conocido relaciones públicas que falleció en 2015, escribió en sus memorias (A Wild Ride) un episodio de 1989 a bordo del ‘Trump Princess’ junto a su mujer Maureen del que no guardaba un buen recuerdo. “Cuando él [Trump] nos saludó, me dio un apretón de manos rápido y plantó un gran beso -que duró un momento demasiado largo, sentí- en los labios de Maureen e inmediatamente la llevó a hacer una visita privada a su enorme embarcación”, escribe Lewi.

La esposa en cuestión, sin embargo, quitó posteriormente hierro a ese encuentro. “Estábamos solos los dos viendo los siete camarotes y baños y tuvo todas las oportunidades de meterme mano”, contó Maureen Lewi, que entonces tenía 42 años -los mismos que Trump en aquella época-, en declaraciones recogidas por la publicación Times Union. “Fue un perfecto caballero”, sentencia sobre el hoy 45ª presidente de los Estados Unidos.

Trump parecía feliz con su palacio flotante, pero sólo tres años después de adquirirlo, no dudó en desprenderse de él. Teniendo que hacer frente a una deuda que superaba los 900 millones dólares, el magnate estadounidense vendió el yate al príncipe saudí Al Waleed Bin Talal por algo más de 20 millones de dólares. En los últimos tiempos, por cierto, el príncipe y Trump protagonizaron una discusión en Twitter iniciada después de que el candidato republicano lanzó la propuesta de prohibir la entrada de musulmanes a Estados Unidos, si él era el elegido para ocupar la Casa Blanca. Al Waleed sigue poseyendo ese trozo de historia flotante.

¿Un ‘Trump Princess’ de Getxo?

Pese a desprenderse de su capricho náutico y a sus problemas económicos, el excéntrico millonario quiso seguir navegando en lujo. Como publicó hace unos meses El Correo, Trump visitó en 1992 el Boat Show de Fort Lauderdale (Florida) para ver quién iba a construir para él “no sólo el barco más grande del mundo, sino también el más bonito”. El elegido fue un pequeño estudio de Getxo, Oliver Design, que rápidamente trazó un diseño vanguardista de un yate de 128 metros de eslora. Aunque la relación entre el diseñador y el magnate fue fluida y cercana, el proyecto acabó poco después en el olvido debido a que la fortuna de Donald Trump menguó peligrosamente -otra vez- tras una compra de casinos que resultó fallida. Eso sí, el multimillonario pagó religiosamente los planos.